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No parimos hijes en Colombia para que les asesine la Policía

Por Manifiesta Media

Nos resistimos a creer que un resultado obligatorio de la protesta social en Colombia sea contar cadáveres. Estamos convencidas de que otras formas son posibles, unas menos patriarcales y más cercanas al cuidado de la vida. Editorial.

mayo 3, 2021

Nos resistimos a creer que un resultado obligatorio de la protesta social en Colombia sea contar cadáveres. Estamos convencidas de que otras formas son posibles, unas menos patriarcales y más cercanas al cuidado de la vida. Editorial.

La voz despedazada de Sandra Meneses, la mamá de Santiago Murillo, lleva más de 48 horas resonando en la cabeza de miles de colombianxs el día de hoy. Su llanto, sus alaridos, sus súplicas de muerte para reencontrarse con su hijo asesinado captadas en video, se han convertido en la descripción sonora de este trauma colectivo que estamos viviendo juntxs en el Paro Nacional, desde las calles y las casas.

Santiago salió a marchar el pasado primero de mayo en Ibagué. Su propósito no era violento, cómo hizo lo hizo ver el periodista Jose Guarnizo en este hilo en Twitter donde recopiló varias pruebas del asesinato (y si lo hubiera sido, ¿Qué?). A las nueve de la noche Santiago bajó por la Carrera Quinta con Calle 60 con un grupo pequeño de jóvenes. En ese momento, cuentan personas que estaban con él, alguien lanzó una piedra a una tanqueta que estaba pasando por la misma vía. La Policía respondió de manera inmediata con varios disparos. Casi 20 se cuentan en el video que apareció posteriormente. Uno de ellos entró al pecho de Santiago.

El joven de 19 años cae al suelo, varias personas lo auxilian. La escena de ese primer video que todxs vimos es una copia exacta de las decenas de registros temblorosos que se han viralizado estos días de Paro: se escucha el fragor de los disparos de la Policía y el sonido seco de un bulto inerte cayendo contra el cemento. La sangre empieza a brotar por la pantalla. Luego se escuchan gritos, sonidos de pánico, pedidos de auxilio. Una voz que grita por una ambulancia, mientras otra grita ‘¡Asesinos!’. El video siempre se corta como resultado de la emergencia: hay una vida que se está apagando.

La vida de Santiago también se apagó más tarde en la Clínica Nuestra de Ibagué. Causa de muerte confirmada: disparo de arma de fuego. La misma causa de Marcelo Agredo, de 17 años, asesinado por la Policía en Cali. De Brayan Niño, 20 años, que también murió a manos de la Policía el mismo día en Madrid, Cundinamarca. De Nicolás Guerrero, de 22 años, que recibió un disparo en la cabeza mientras oraba en una velatón pacífica al norte de Cali este domingo (repetimos: y si no hubiera sido pacífica ¿Qué?).

El momento quedó captado en un live de Instagram que estaba haciendo un DJ caleño en ese momento. Más de 60.000 personas estaban conectadas. 

Según el último reporte de la ONG Temblores, ya van 26 personas con este mismo final. Cerca de la mitad de estas víctimas mortales eran hombres entre los 17 y los 25 años que se encontraban en las manifestaciones. ¿Acaso morir por salir a las calles a manifestarse era el único destino posible para ellos? 

¿Acaso Sandra parió en este país a su único hijo, y lo crió durante 19 años, para que lo asesinara la Policía un primero de mayo?

Cuando hablamos del militarismo y en general de la fuerza pública como una manifestación patriarcal que es necesario abolir, o al menos reformar, no podemos solo enfocarnos en las cifras de violencia sexual perpetradas durante el Paro, que según Temblores asciende a 9 casos. Todo los hechos de los últimos días se relacionan entre sí. Y todos son manifestaciones de la política patriarcal y del mandato de masculinidad que gobierna en este país. 

El hecho de que Iván Duque haya respondido ante la protesta social en Colombia anunciando asistencia militar; que la Policía crea que una respuesta proporcionada a las piedras y a las cacerolas sean las balas a la cabeza; que esa respuesta sea registrada por la misma ciudadanía y que, ante pruebas incuestionables y virales de que están actuando como asesinos a sueldo, esta Policía siga repitiendo los mismos crímenes cada día del paro, con una tranquilidad escalofriante. 

Todo esto está conectado y hace parte de eso mismo que nos gobierna y que hoy nos hace llorar y que queremos llamar horror y dictadura y masacre y otras descripciones que tenemos todavía atoradas en el pecho, pero que comienza siendo, principalmente el patriarcado al poder.

También urge cuestionar, mucho más con lo sucedido durante los últimos días, si a la protesta social en este país no le hace falta una noción de autocuidado y de creatividad. O al menos preguntarse si esa coreografía de estalle infinito hasta la muerte con el Esmad es la única dinámica de resistencia permitida cuando salimos a las calles. 

Solo por la posibilidad de no estar contando muertxs luego de cada manifestación, vale la pena hacerse la pregunta.

¿Quiénes están poniendo los cuerpos y quiénes están celebrando victorias políticas sobre ellos? ¿No es esa instrumentalización la típica manifestación patriarcal contra la que luchamos las feministas?

O como mínimo, vale la pena interiorizar prácticas de cuidado ante un Estado al que no le tiembla la mano para dispararle a su juventud, una situación que por ahora no parece cambiar. No salir hasta tan tarde de noche, salir en grupos grandes, no quedarse solx durante las manifestaciones. Reportar ubicación, tener contactos de apoyo, conocer nuestros derechos, así hoy parezca que no sirve de nada. Estas prácticas pueden hacer la diferencia entre la vida y la muerte.

Es cierto que muchas personas en la historia han dado su vida para lograr cambios sociales históricos. Pero cabe preguntarse con el humo y la sangre todavía frescos ¿Quiénes están poniendo los cuerpos y quiénes están celebrando victorias políticas sobre ellos? ¿No es esa instrumentalización la típica manifestación patriarcal contra la que luchamos las feministas?

Estamos viendo en primera fila, con la cara horrorizada, lo que el patriarcado dotado con armas y legitimado por un gobierno es capaz de hacer. Un dispositivo que tiene como objetivo eliminar todo lo frágil, todo lo que crece y se desarrolla en este país. Una fuerza mortuoria que ejecuta todo lo que debe ser cuidado y que como consecuencia deja una estela de madres llorando a sus hijxs en diferentes ciudades y municipios del país. 

Un ciclo interminable que no hemos podido tumbar.

Esa frase que tanto repetimos las feministas: “no parimos hijos para la guerra”, ha adquirido un nuevo significado estos últimos cinco días. Uno más atroz, porque esto no es una guerra, sino el ejercicio de un derecho constitucional que nos están cobrando con la propia vida, de frente y de manera impune. “Imagínate tener un hijo, imagínate criar un hijo, para que lo asesine la tomba”, ha sido el clamor en redes de varias. 

“Bebé lindo llévame contigo mi amor, llévame contigo hijo, por favor, llévame contigo mi bebé por favor hijo”, seguía implorando la mamá de Santiago hoy en el plantón en plena calle que se hizo en su homenaje. ¿Qué queda por decir sobre un país donde una madre lleva más de 24 horas suplicando por ser asesinada como su hijo? 

Hay una cosa por decir, quizá, y es que una nación que ordena asistencia militar, que dispara sin ningún reparo contra su población civil en las calles y que piensa que la muerte de jóvenes es un tributo necesario para obtener justicia social, es un país que debemos despatriarcalizar. Un país que toca traer del lado de la vida.

No queremos más destinos como el de Santiago Murillo, y tantas otras víctimas mortales de este paro. Él no era un héroe, ni debe ser celebrado como tal. Santiago era un joven que estaba manifestándose en las calles de su ciudad, y su muerte no es una ganancia para ninguna lucha social sino todo lo contrario. Una pérdida, decenas de pérdidas, que ninguna renuncia ni ningún retiro de ninguna reforma tributaria va a poder reponer.

***

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