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“Ni la tierra ni las mujeres somos territorio de conquista”: reflexiones ecofeministas en el Día de la Tierra

Por Maria Teresa Florez
En Colombia defender la tierra equivale a defender la vida. Estas voces y ejemplos de defensa antipatriarcal del territorio nos ofrecen claves para enfrentar esta urgente crisis ecológica y entender el ecofeminismo en nuestro país.

Foto por Victoria Holguín.

abril 22, 2021
En Colombia defender la tierra equivale a defender la vida. Estas voces y ejemplos de defensa antipatriarcal del territorio nos ofrecen claves para enfrentar esta urgente crisis ecológica y entender el ecofeminismo en nuestro país.

Foto por Victoria Holguín.

Durante la pasada marcha feminista del 8M en Bogotá vi de nuevo la misma consigna en un cartel: “Ni la tierra ni las mujeres somos territorio de conquista”. Había  visto el mismo mensaje en manifestaciones ambientalistas, feministas y en espacios digitales. Para este punto ya era una frase en la que debía detenerme a pensar. 

¿Qué relación tiene el ambientalismo con las luchas feministas? ¿Acaso la opresión contra las que luchamos las mujeres feministas y la crisis medioambiental actual comparten la misma raíz?

Estas mismas preguntas se las hizo en 1974 la escritora feminista Françoise d’Eaubonne cuando acuñó el término ecofeminismo en un ensayo titulado Le féminisme ou la mort (Feminismo o muerte). En él critica la modernidad, señalando que el sistema económico capitalista se siente  amenazado ante la posibilidad no sólo del control de natalidad, algo que demandaba el movimiento ecologista en la época, sino por la pretensión de las mujeres de decidir sobre sus propios cuerpos: “Menos consumidores, pensarían” apuntaba d’Eaubonne. 

En el ensayo la autora es enfática en que desincentivar el control natal sería una sentencia de muerte para la vida en la Tierra. 

Una de las principales de la Minga el año pasado era la defensa del territorio y la vida. Foto por Jimena Madero Ramírez.

Aunque las ideas de d’Eaubonne no tuvieron resonancia en el movimiento feminista francés, sí la tuvieron en Estados Unidos. Cuatro años antes, en 1970, el movimiento ecologista en Estados Unidos se manifestó el 22 de abril para exigir la protección del planeta y empujar una agenda ambientalista con propuestas concretas frente a los problemas de la sobrepoblación humana, la contaminación del sector industrial y la protección de la biodiversidad.

El momento coincidía con las luchas de la ola feminista de esa época, quienes  se manifestaban simultáneamente por la autonomía de la mujeres y por derechos reproductivos que les permitieran decidir sobre sus proyectos de vida. 

La coyuntura no era casual, y muchas feministas se dieron cuenta, quienes asociaron la autonomía sobre sus cuerpos y sus maternidades como un factor que pudo haber contribuido a mitigar la sobrepoblación en la tierra.

Defensa del territorio, defensa de la vida

Gabriela Franco, fundadora del proyecto digital de activismo ecofeminista La Totuma y coordinadora del equipo de género y medio ambiente en Pacto por el clima, cuenta cómo llegó el ecofeminismo a Latinoamérica, explicando que existen dos maneras de poder contar esta historia: la primera es rastrear la recepción que tuvo el ecofeminismo gracias a iniciativas como Conspirando: Revista Latinoamericana de ecofeminismo, espiritualidad y teología, un proyecto que fundó en Chile en los años 90 la doctora en teología feminista y misionera Mary Judith Ress.

La segunda, con la que concuerda más Gabriela, es verlo desde una óptica decolonial: “las regiones del mundo que han tenido una deuda histórica más profunda con las mujeres en toda su diversidad, que a su vez son las regiones que más han sufrido las consecuencias de la devastación medioambiental por ser los territorios de extracción que sostienen este modelo económico, son las que se ubican en el Sur Global”, explica.

Para Gabriela, en el contexto latinoamericano las mujeres se han organizado desde hace mucho tiempo en territorios no centrales para resistir a esta amenaza extractivista que viven de primera mano. Un estudio publicado por Global Forest Watch el año pasado ubica a cinco países de América Latina entre las diez naciones con mayor pérdida de bosques primarios en el mundo.

A pesar de no entrar dentro del rótulo ‘ecofeminista’, su propósito siempre ha sido la defensa de la vida en y de la tierra, algo que resulta siendo lo mismo en lugares donde es más evidente que la vida de una comunidad depende de su territorio, una premisa que debería ser general.

Gabriela explica que “Colombia está llena de ecofeministas no declaradas” y que “El título a veces no importa, lo importante es que lo son en la práctica.” Un ejemplo que menciona, por la cercanía que tiene con este proyecto, es la colectiva Semillas Fértiles de la ciudadela Sucre San Rafael en Suacha, un proceso de investigación y acción participativa conformado por nueve mujeres, unidas alrededor del trabajo comunitario y de la agroecología. Cinco de ellas son campesinas desplazadas por el conflicto armado. 

Camila Romero, estudiante de trabajo social, también integra esta colectiva. Ella piensa que el ecofeminismo es sobre todo práctica. Así concibe la filosofía de la colectiva, la cual para ella “surge para darle un lugar a los saberes de soberanía alimentaria y cuidado de la tierra que debía haber en el sector porque hay mucha población campesina”, explica. 

Semillas Fértiles abrió su convocatoria hace dos años, y aunque no era exclusivamente para mujeres, todas las interesadas fueron campesinas desplazadas, cuenta María Paula Correa, otra de sus integrantes, quien es estudiante de administración ambiental. 

Aplicando sus conocimientos en agricultura urbana y con el permiso de la JAC del barrio, sembraron la primera huerta comunitaria del sector, un espacio que funciona como aula ambiental donde las madres campesinas que conforman la colectiva han podido enseñarle a sus hijos sus conocimientos de siembra y cultivo. Además de hacerle frente al problema alimentario que hay en el barrio por medio de la producción de alimento agroecológico, la huerta también funciona como un espacio de reunión comunitaria, y ha sido recibida con mucho cariño por la comunidad. 

“Este proyecto pretende reconstruir el tejido social en un contexto de abandono estatal que (…) es muy hostil y que presenta pocas oportunidades para los niños que allí crecen”, explica la colectiva. “Además (…) empoderamos a las campesinas que se suman a este proceso, pues les ofrecemos un espacio en el que seguir con sus prácticas de siembra, también en el que surge la economía solidaria, el trueque y una economía autónoma, tanto por la comercialización de los productos agrícolas como porque siembran su propio alimento”.

El mito de la naturaleza intocable

Para Natalia Daza, una politóloga que trabaja investigando sobre justicia ambiental y género, existe la necesidad de pensar el ecofeminismo en una definición más amplia para nuestro contexto, considerando que las formas de lucha contra el extractivismo que se han dado en el país se han enunciado a sí mismas como defensa antipatriarcal del territorio.

Natalia afirma que las lecturas de lo social como un artefacto que inevitablemente se impone aplastando la naturaleza son perniciosas. El extractivismo, una visión de la naturaleza como una fuente de recursos que podemos explotar sin consecuencias para determinados fines, justamente tiene un entendimiento de lo social como opuesto al mundo natural. Sin embargo, este modelo no es la única forma posible de establecer una relación. Así lo han demostrado comunidades como la del Golfo de Tribugá.

De otro lado, también considera problemática la visión glorificada de la naturaleza prístina e intocada,  primero “Porque es un mito, pues la naturaleza es co-constitutiva de nuestra relación con lo social, y esa co-constitución es inevitable”. Segundo, porque para Natalia esta visión puede traer posturas problemáticas: “Desde el desalojo de comunidades de ‘parques naturales prístinos’ hasta un feminismo que se justifica en el mito de la naturaleza prístina para promover la transfobia”. 

Natalia señala algo muy importante para este contexto en el que estamos sumergides desde hace más de un año: que la pandemia ha exacerbado visiones ecofascistas que se pueden reconocer en afirmaciones como “los humanos somos el virus”, y que darían por sentado que los humanes no podemos establecer relaciones sanas y de cuidado mutuo con el mundo natural. Ambas visiones de la naturaleza comparten el quiebre que nos desarraiga de nuestra conexión existencial con la naturaleza.

“El arraigo existencial que existe entre naturaleza y seres humanos es algo que han elaborado (…) feminismos comunitarios en Bolivia, de los que habría mucho que aprender y que tienen mucho que decir sobre el cuidado de la vida natural y de la vida humana” dice Annette Pérez, que trabaja desde su adolescencia en iniciativas de paz y reconciliación desde la raza y el género en el marco del conflicto armado, además de fundar el proyecto digital Afronteradas.

“En este contexto de ecofeminismo (…) la candidatura a la presidencia de Francia Márquez (…) es un precedente para la historia de la política en Colombia, pues creo que nadie como ella ha logrado entender y vincular discursivamente y en la práctica cómo se interconectan todas las opresiones de raza, clase, género, territorio y medio ambiente”. Todos estos aspectos constituyen diversas caras de una misma figura: la opresión patriarcal y capitalista.

Es momento de escuchar voces omitidas

50 años después del encuentro entre feminismo y ecologismo, la pandemia por COVID-19 nos ofrece un nuevo escenario coyuntural en el que las luchas feministas y las ecologistas vuelven a poner sobre la mesa las demandas del ecofeminismo. 

Foto por Victoria Holguín.

Dice Silvia Federici citando a Marx que “Vivimos en un sistema que no garantiza nuestra supervivencia, donde estructuralmente la vida es subordinada al capital”. La pandemia ha sido una manifestación muy cruda de cómo este sistema económico se rige por una pulsión destructiva que nos pone en riesgo a todes. También nos obliga a recordar que no podemos sobrevivir sin cuidados. Esto lo han manifestado las ecofeministas desde el corazón de su movimiento: cuidar la vida y promover prácticas que la reproduzcan.

El ecofeminismo propone un pacto de ayuda mutua entre todos los grandes movimientos sociales, poder formar articulaciones entre sí para sobrellevar colectivamente esta crisis. Y la clave es poner en el centro de todas las luchas el sostenimiento de la vida, pues al final todas son una defensa de la vida en su multiplicidad y diversidad. Gabriela lo piensa, por ejemplo, en términos de la filósofa María Lugones, quien dice que ‘se teje siempre con los hilos disponibles, así incluso no sea siempre el mismo hilo’. La diversidad de las hebras hacen el tejido más fuerte e iridiscente. 

Ojalá el día de la Tierra fuese uno de celebración por la vida en y de este planeta. Pero así como el #8M es un día de conmemoración y de manifestación colectiva por la defensa de los derechos de las mujeres, esta fecha existe para recordarnos, más bien alertarnos, de que el planeta que nos posibilita la vida está en crisis y que urgentemente necesitamos tomar acciones sobre esto. 

El ecofeminismo ofrece claves, cursos posibles de acción para construir nuevos mundos. Esta pausa obligada que significó esta pandemia debe ser una oportunidad para escuchar otras voces, y no recargar a las mujeres con el cuidado de nuestros territorios, sino más bien generar una proclama que visibilice los conocimientos de aquellas que tienen todo por decir sobre el cuidado de la vida.

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